Oda a mi padre, el pescador
- Dr. Nitza Ramos-Cruz

- Jun 22
- 3 min read

¡Este viejito me enseñó lo que es tener fe!
La Biblia reseña: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve”.
Pero con mi padre, esa definición cobró vida. La entendí desde un lugar más profundo, más real, y más humano.
Mi padre fue pescador, y la pesca era uno de los medios de sustento para la familia. Él lo hacía con mucho respeto porque, más que diversión, era también una responsabilidad.
Cada vez que se disponía a pescar, la fe se hacía visible. Y es que con él, la fe era observada a través de una secuencia de acciones.
Comenzaba muy temprano, al amanecer. Se levantaba y observaba el cielo, para luego aprobar su color y confirmar que el viento era adecuado. Esa mirada al horizonte ya le daba la confianza para continuar con los próximos pasos.
Preparaba sus materiales: la carnada, rollos de plástica, sus anzuelos, el chinchorro o las redes, cubos, su gorro, una capa, salvavidas, un termo de café y algo para comer. Y si iba con mi abuelo, a veces llevaban sus nasas remendadas para devolverlas al agua.
Ya en el muelle, conversaba con otros pescadores que se disponían a hacer lo mismo. Se compartían ideas, como qué dirección tomar, los peces que había en abundancia, en qué lugares anclar, la ubicación de los peces de temporada.
Todos esos pescadores componían una comunidad humilde, tejida con la experiencia ganada en los mares… pero también con la sabiduría heredada de una generación a otra.
Durante su intercambio de ideas, mi padre no perdía su tiempo y, a la vez, preparaba su bote de madera, montaba todo su equipaje, se aseguraba de cumplir con los requisitos para navegar, y por ahí partía.
Su brújula en el mar fueron los años de experiencia. Sabía dónde estaban los islotes. Sabía leer el cielo como si fuera un mapa celeste dibujado para él. Conocía cada luz en el horizonte y los puntos cardinales.
Pasaba horas allá afuera. A veces de corrida; otras, en mar abierto o anclado a un punto, y esperaba. Y en esa espera, la fe se volvía tangible. La calma, la paciencia, tener esperanza y la tolerancia a la espera eran requisitos básicos para hacer su oficio.
Mi padre siempre regresaba a nuestra casa con el resultado de su trabajo y con la evidencia de su perseverancia. Entre ellas, su piel dorada y una buena dosis de vitamina D. Muestra de que “la fe sin obras es muerta.”
Y esta lección de vida no la aprendí del todo en la iglesia; la aprendí viéndolo a él, cada día, en su bote, en su forma de mirar el horizonte.
Con mi padre aprendí que la fe no es sólo imaginar que las cosas pasarán o que llegarán por sí solas y sin ningún tipo de sacrificio. La verdadera fe exige compromiso, preparación, trabajo. Exige mover las piezas, crear condiciones, dar pasos… aunque no veamos aún el resultado.
Por eso, cuando los frutos de mi propio esfuerzo parecieran que se me quieren subir a la cabeza, mi padre es uno de mis anclas.
Nunca olvido cómo su fe y su trabajo fuerte nos cubrió siempre. Nunca olvido mis raíces y cómo mis ojos fueron testigos de la maravillosa existencia de lo que llaman fe.
Porque vi a mi padre enseñármelo, sin palabras… Con su ejemplo vivo.
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Escrito por mí en junio de 2025 y revisado en junio de 2026. ¡A mi padre y a todos esos padres valerosos, que cuidan y cumplen su rol con responsabilidad y entrega!



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