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No quiero ser alimento al ojo… Si no, alimento al alma.

  • Writer: Dr. Nitza Ramos-Cruz
    Dr. Nitza Ramos-Cruz
  • Jan 20
  • 3 min read

Updated: Feb 3


Lo que el ojo percibe es sólo una fracción mínima de lo que implica conectar íntimamente con otro ser humano. Y en este sentido, resulta muy fácil confundirse entre lo que vemos y lo que una persona es en esencia.


La primera impresión y la apariencia física que mostramos se han convertido en una forma de comunicación. Nos vestimos bien para proyectar una imagen, demostrar competencia, reflejar autoridad o estatus, o asegurar credibilidad en espacios que priorizan lo que es visible al ojo. Es como si el cuerpo y la vestimenta se hubieran convertido en herramientas o instrumentos en ciertos ambientes para alcanzar determinados propósitos.


Verse bien satisface la mirada y cumple con las expectativas externas, pero deja intacto todo aquello que el ojo no puede ver. Verse bien no proyecta genuinamente cómo puede ser la vida interior de una persona, el mundo emocional, las luchas, las vivencias escondidas, así como los anhelos más profundos, que definitivamente no se reflejan ni dependen de mostrar una postura física y mucho menos, de la ropa que llevamos puesta.


Debajo de esa apariencia existe una dimensión que no puede percibirse a simple vista durante un momento rápido, aleatorio o efímero... y es ahí donde habita la intimidad.


La intimidad es ese espacio que sostiene relaciones saludables y sienta bases sólidas para una conexión duradera. Requiere una forma de ver que va mucho más allá de lo físico, porque la intimidad valora la vulnerabilidad, la sensibilidad emocional, los intereses personales, las pasiones, los miedos y los sueños del otro. Así que, mantener lazos íntimos abarca todos aquellos aspectos que una persona sólo revela cuando hay presencia, curiosidad, cuidado, seguridad y una inversión genuina de tiempo para la conexión.


La intimidad es una experiencia intencional y vívida con el otro. Cuando hay intimidad, resulta más espontáneo ver el alma del otro, alimentarlo, y reconocerlo, no como un objeto que usamos, admiramos, o poseemos, sino como un ser que siente y que obtiene beneficios de un intercambio dinámico, recíproco, genuino y consciente; complementado con curiosidad y deseo de descubrimiento.


Cuando la intimidad no se prioriza, las relaciones corren el riesgo de volverse vacías y transaccionales. Una persona puede ser admirada, deseada o elogiada y, aun así, permanecer emocionalmente seca y sin sentir un suficiente alcance interior. Y con el tiempo, esa fijación en lo físicamente visible entrena la mirada humana a sustituir la conexión emocional sostenible por aquello que es fácilmente accesible al ojo, pero pasajero.


¿El resultado? Un estado de vacío en el que las personas experimentan al otro como una adquisición, mientras permanecen insatisfechas, no vistas ni valoradas.


Entonces, quiere decir que la intimidad se convierte en ese lazo que sostiene las relaciones a lo largo del tiempo. En esos momentos, cuando la atracción física puede fluctuar, cambiar o desvanecerse. En lugar de que la relación colapse o se desmejore ante las dinámicas inevitables del cambio físico, la intimidad será lo que nos ofrezca confianza en esa continuidad y en la evolución de la relación.


Recuerda esto: la mayoría de las personas no anhelan únicamente ser admiradas, deseadas físicamente o ser elogiadas momentáneamente. Anhelan relaciones duraderas, pertenencia, ser conocidas en su interior, ser escuchadas, ser comprendidas y lograr conectar emocionalmente. El significado real de sentirse vistos no se limita a lo que el ojo captura externamente, sino a esa dinámica de sentir cómo fluye la energía interna, y cómo se conectan almas y corazones, hasta dejar fluir el yo auténtico.




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