El costo existencial por el abandono personal
- Dr. Nitza Ramos-Cruz

- 4 days ago
- 3 min read

Franz Kafka (1883-1924) es uno de mis escritores favoritos y, en una de sus obras, escribió: “A veces me siento diferente. Camino como todos los demás, pero por dentro me siento como un extraño en mi propia vida.”
Sus palabras capturan algo que, aun cuando han pasado tantos años desde que hizo su aporte, parece ser una experiencia que muchas personas aún viven: esa sensación de sentirse diferentes, manipulables y extraños en sus propias realidades.
Esta experiencia de sentirnos “extraños en nuestra propia vida" surge de esos momentos repetidos en los que nos desconectamos de nosotros mismos con el fin de encajar en la vida, en la realidad o en las expectativas de alguien más.
Y eso es lo que describo como el costo existencial ante el abandono personal.
Muchos de nosotros aprendimos desde temprana edad que la aceptación era o podía sentirse o percibirse como condicional. Para ser amados, elegidos, sentirnos seguros o comprendidos, debíamos moldearnos y adaptarnos en función de los demás, o de lo que esperaban.
Aprendimos a actuar cómo debía ser "eso" o "aquello" que significaba mostrar bienestar, lo que era felicidad, lo que era mostrar fortaleza e incluso lo que debía ser la autenticidad. Mientras tanto, internamente, esa dinámica nos acercaba más y más a ese abandono personal. Nos alejábamos cada vez más de lo que era real y humano para cada uno.
Aprendimos a intercambiar nuestra verdad interior por la pertenencia y la aceptación externa. Y esto terminó dando lugar a la creación de un “falso yo”. O una versión de nosotros construida para la supervivencia, la aprobación, la motivación del vínculo y el logro de ese apego con otros.
¿A costo de qué? A expensas de nuestra vulnerabilidad y autenticidad.
No es hasta que despertamos y nos percatamos de este patrón, que se produce una fractura dolorosa. Y esto se convierte en el costo más profundo, porque ahora no es simplemente el costo por el agotamiento emocional y mental de ser quien no soy, sino también el costo de la persistencia constante en lograr esa alienación mientras continúa nuestra propia búsqueda. La acción y la decisión constantes de recurrir a máscaras se vuelve extenuante.
Y resulta ser un proceso melancólico a la vez, porque mientras el cuerpo parece permanecer presente, el “yo” se siente ausente. Es como despertar en una vida que, vista desde fuera, parece real y aceptable, pero en cuyo interior se siente emocionalmente fría y vacía.
Cuando nos abandonamos a nosotros mismos durante demasiado tiempo, podemos acostumbrarnos a ganar aceptación social con mayor facilidad, pero, de forma continua, atravesamos el duelo por la pérdida de nuestra propia intimidad, esa que surge del interior y del autoconocimiento.
Nos convertimos en expertos en resolver “quiénes debemos ser”, mientras olvidamos “quiénes somos en realidad”. Entonces, ¿cuál es el precio de encajar si esto exige nuestra propia desaparición y desconexión?
Cuando comparamos la pérdida y la ganancia, nos resta considerar que la forma más profunda de respeto hacia uno mismo será “volver a casa”. O sea, regresar al interior, a nuestra propia vida, a verla y aceptarla tal y como es: imperfecta. Aceptar que estaremos en ese modo continuo de construcción, y que la evolución y el cambio constante nos acompañan inevitablemente.
Por eso, se requiere mucha valentía para confrontar todo lo que vemos externamente. Requiere coraje rechazar el limitarnos a lo que vemos, abandonarnos y habitar otra vida como si fuera nuestra realidad.




Comments